El tren de las once y media - Por Alejandro Galletti

    Author: Tito Naddeo Genre: »
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    EL TREN DE LAS ONCE Y MEDIA.

    Por Alejandro Galletti.





           Yo sabía que tenía que irme, pero no era fácil “Mataron al Intendente”, me dijo Carlos a la pasada a la vuelta del correo, con la correspondencia en la mano. Me reí. 


            “¿A tiros?”, pregunté. 
    “No, de un hondazo”. 
    Sabía que Carlos no quería decir con eso que el Intendente era un animal porque si no hubiera elegido otro y no un pájaro. De un hondazo. Carlos me salvó la mañana. Parecía estúpido pero la honda y el pajarito me evitaron pensar en el tren de las once y media, al menos por un rato. 

                 “De un hondazo”, me sonaban las palabras de Carlos. “El intendente fue asesinado de un hondazo”, ese sería el titulo. 

                 “Se desconoce la identidad del autor material. La policía inició una intensa búsqueda en la zona. No se descarta el móvil político”. 

                   Era la oportunidad de hacer algo distinto en el diario. Esta podría ser la primera crónica apócrifa y la oportunidad de no necesitar el tren. “Ayer por la mañana, alrededor de las siete treinta, un hasta hoy desconocido asesino provocó la muerte del Intendente de nuestro Partido, Dr. Ramón Oscar Nievas, en medio de la habitual calma pueblerina que, lógicamente, se vio sacudida no por el estruendo del arma sino por el inmediato conocimiento de la nefasta noticia”. 

                 Necesitaba encontrarme con Humprey Bogart, Woody Allen y la mujer de piel demasiado blanca con regiones más obscuras. 

                 El único medio era – creía – subiendo al tren de las once y media y dejando atrás esta vida de perros flacos en el andén, de Frekel pelando incansablemente los maníes mientras tomaba sus diarias copas de vino tinto, de Galíndez  contando la vieja y calcada historia de diez años atrás mientras Mendizábal escuchaba atenta y servilmente. Y, claro, tomar distancia de mi propia inmovilidad a fuerza de elegir siempre la misma silla, el mismo lugar (como los otros) y las mismas ginebras para alejarme de una soledad que sin embargo, me perseguía y pesaba más con cada trago. 

                 “Según versiones que pudimos recoger a poco de producido el hecho, el terrible suceso que costó la vida al Dr. Nievas fue observado por tres empleados municipales que se encontraban en la Plaza Gral. Ordóñez, minutos antes de comenzar su diaria tarea.  Si bien las versiones difieren en algunos puntos, los tres testigos coinciden en afirmar que vieron desplomarse al titular de Ejecutivo Municipal luego del certero impacto, que dio en el medio de su frente. 

                  Según los testimonios el Dr. Nievas cayó de espaldas y tomándose la cara con ambas manos, para luego quedar sin sentido sobre la vereda del Palacio Municipal. Los empleados corrieron inmediatamente a socorrerlo. Dos de ellos comenzaron a atenderlo mientras que el restante ingresó a la Municipalidad para solicitar más ayuda.” 

                  Esta crónica me servía como perfecta excusa para que mis miedos no quedaran expuestos ante nadie. (Sabía que ésta era la última de las miles de excusas que había venido encontrando para no subir al tren) La cuestión era, entonces, hay que irse del todo; y cada vez que me lo decía recordaba aquella imagen de Cinema Paradiso en la que Phillipe Noiret, en la estación, y ya ciego, le dice a Totó que no vuelva, que no vuelva nunca más.  

                  La primera vez que la vi, se me anudó el corazón y el estómago porque no entendía. Como en tantas otras cosas y tantas otras veces entendí después. 

                  Tal vez no tenga sentido contar cuales fueron las razones que determinaron que, finalmente, mis pies, en éste instante,  estén acariciando los escalones de uno de los vagones del tren de las once y media. 

                  Aunque  quizás una sí merezca ser citada; mi profunda convicción (jamás confesada, ni siquiera a  Frekel) de que encontraría a Humprey Bogart, Woody Allen y la  mujer de piel demasiado blanca con regiones más oscuras precisamente aquí, en el tren, después de haber dejado atrás el perro irremediablemente flaco que en el andén me acompañó con esa lánguida mirada hasta el asiento del lado de la ventanilla que me iba a permitir ver el viaje de frente. 

                  El tren estaba andando y, como el viaje era realmente largo, saqué mi libreta de apuntes, la lapicera, y seguí armando la crónica del hondazo: “Estévez y Sánchez – los dos empleados que socorrieron inicialmente al Dr. Nievas – comprobaron lo profundo e importante de la herida por lo que decidieron, con buen criterio, esperar ayuda profesional, o personal que lo trasladara rápidamente al Hospital Municipal. 

                  Esto último fue efectivamente lo que sucedió;  en uno de los vehículos municipales fue llevado al hospital donde fue atendido por el Dr. Fernandotti”. No era fácil escribir con el traqueteo y eso me ponía nervioso. Por un momento dejé de hacerlos y empecé a  contar los palos de teléfono, para no aburrirme. Fue después del trescientos cuarenta y dos que la vi.  

                  La gorda estaba en el asiento del otro lado del pasillo y me di cuenta que me estaba observando desde hacía rato. Estaba comiendo y me ofreció un padazo de sándwich de mortadela (húmedo, me pareció) 

                  Después del trescientos cuarenta y ocho (calculé sin haber podido seguir contándolos) le dije que sí, que bueno, gracias, tengo hambre, no comí nada antes de salir. “¿Adonde va?” preguntó. Cuando le contesté sonrió feliz y dijo “yo también.” 

                 Ya dije que el viaje era muy largo, así que también tenía tiempo para dormir. Le agradecí a la gorda el pedazo sándwich de mortadela y le prometí que cuando me despertara íbamos a seguir charlando. Tenía lindos ojos, claros, profundos. 

                  Sonrió agradecida y se sacó algunas migas de pan que le habían caído sobre los pechos. 

                  Cuando me desperté le dije que preguntara, lo mas enamoradamente posible” ¿Son cañones o es mi corazón que late?” No entendía demasiado pero lo hizo, repitió la pregunta bastante bien. Entonces yo, con voz recia, grave, armada a cigarrillos y alcohol, contesté: “Es un cañón 77 alemán. Está a unos 55 kilómetros.”  

                 La gorda entendió todavía menos, pero volvió a repetir la mirada feliz, agradecida (y ahora me pareció que expectante) anterior a mi sueño. Le expliqué que aquel pedido era una suerte de convocatoria a una de las tres personas que quería encontrar en el tren que nos llevaba al mismo lugar a ella y a mí. Tuve que contarle sobre “Casablanca” y la escena en que Ingrid Bergman pregunta lo que ella había preguntado y Humprey Bogart contesta lo que había contestado, mientras los alemanes entraban en París.  

                 Le gustó que le contara eso. “Yo nunca voy al cine”, me dijo. Entonces también le hablé de Woody Allen, el clarinete y todo lo que sabe sobre las mujeres. “¿Y usted?”, me preguntó. Le dije que no y seguí hablándole de mi sueño de estar con ellos y la mujer de piel demasiado blanca, con regiones mas oscuras, tomando algo en bar de Maniatan en un día de lluvia. Ellos whisky, yo ginebra, “¿Así que usted no sabe nada sobre mujeres?”, preguntó.  

                Le contesté que apenas algo y que por eso andaba buscando a la mujer de la piel demasiado blanca con regiones  más oscuras; tal vez empezaría a conocerlas. “La lluvia – le dije - es para verlo a Bogart con sobrero y piloto” “Claro”, pareció decir con la cabeza. 

                La gorda siguió escuchándome hasta que me interrumpió para decirme “Tal vez los encuentre en otro vagón”. Lo dijo con tristeza; me enterneció y le agarré la mano. Antes le había contado también de la primera de las crónicas apócrifas que pretendía hacer para publicar en el diario. “Está buena”, había dicho, cuando le leí algunos párrafos.  

                 “Fernandotti hizo lo imposible por salvar la vida del Intendente, pero todos sus esfuerzos, fueron inútiles frente al estado de gravedad que presentaba Nievas. 

                 “Nada pude hacer”, contestó consternado el Dr. Fernandotti, ante nuestro cronista”. Me acordé de Frekel y me dije que cuando volviera tendría que contarle esto de mi seguridad absoluta de encontrar a Humprey Bogart, Woody Allen y la mujer de piel demasiado blanca con regiones más oscuras aquí, en el tren de las once y media, aunque no sea precisamente en éste tren, en estos vagones, este día.  

                   Seguro que mientras me escucha seguirá pelando los maníes y deseando que Galíndez y Mendizábal lleguen un poco más tarde.  

                    Le voy a contar de la gorda, claro,  del sándwich de mortadela, de los palos de teléfono contados hasta que la vi. 

                   Cuando vuelva y me encuentre con Frekel en el club le voy a decir que tenía razón, que es cierto que me tengo que ir y no volver. Se va a reír y me va a contestar que si lo hubiera entendido en serio no estaría diciéndole eso porque, sencillamente, no estaría, no hubiera vuelto. 

                  A final, yo sé que me va a entender que me falta un poco de aire, que preciso saber que la realidad es más que esto que he vivido hasta hoy. Que voy a poder estar con ellos en un día de  lluvia en Maniatan, y que Woody hará ver que necesita los consejos de Humprey para conquistar mujeres solo por una cuestión de apasionado amor a “Casablanca”, a Ingrid, a los días de lluvia. Que la mujer de piel demasiado blanca y regiones más oscuras estará conmigo para siempre y nada será igual que antes. 

                  “No soy la de la piel demasiado blanca, pero tengo regiones más oscuras”, deslizó la gorda. El hotel era húmedo (como el sándwich de mortadela) y ella me miraba con la triste languidez de lo irreversible. “Tenés migas en el pullóver, sobre los pechos” 

                   Dije eso mientras le sacaba migas y pullóver. Seguimos apretándonos las manos, como en el tren. “Algún día los va a encontrar”, dijo. Me trataba de usted con esa mirada que me destrozaba, con esos dedos que me recorrieran los dedos de la mujer que todavía no había encontrado. “En cuanto a los móviles del brutal asesinato, no se descarta la hipótesis de una suerte de revancha política que tendría que ver con la interna partidaria, por lo que se deduce que el autor material no sería el autor ideológico del crimen. En ese sentido está trabajando la policía local y de la zona.”  

                  La gorda era hermosa. Todavía me acuerdo de sus profundos ojos celestres y de su mano (la que yo no apretaba) recorriéndome esos lugares. Sus lágrimas. Sus Migas. Su pullóver, desaparecido en la punta de mis dedos. La cama de ese hotel, fatigando los cuerpos trajinados de palos de teléfono. Mortadela, Humprey y Woody y tantas más que yo no hallaba. 

                 La última mirada fue la más triste. Yo con todas mis ausencias, sin la mujer buscada. Y ella conmigo pero sabiendo que había que pagar la pieza, irse, olvidar el piso de madera, es espejo que nos había devuelto los abrazos, las caricias. 

                 “Yo no puedo ser esa mujer”, me dijo la gorda.  
     “Tal vez”. Contesté. 
    (Sonó un clarinete, la gorda se sacudió las migas que todavía le quedaban en el pullóver, empezó a llover, alguien con piloto y sombrero arrancó tarareando “Según pasan los años”, Frekel se sopló las cáscaras de maníes que le ensuciaban el histórico pantalón gris, Mendizábal siguió escuchando, Galíndez contando) 

                 La gorda se puso de nuevo el corpiño y la bombacha blanca. A Humprey Bogart le chorreaba el agua desde el sombrero hasta la melancólica calle de película (en blanco y negro). Woody me decía cosas con música de clarinete y contorno de mujer. 

                Le dije que se sacara otra vez la bombacha y el corpiño. Me agradeció el pedido hasta con lágrimas. Pregunté si le gustaría que nos volviéramos a encontrar. Dijo que sí. “Yo soy esa mujer”, susurró. “Tal vez”, volví a decirle. 


                Nunca encontré a Humprey Bogart, Woody Allen, ni a la mujer de la piel  demasiado blanca  con regiones más oscuras. Creo que la gorda tenía razón cuando susurraba  
    “Yo soy esa mujer” 
    “Este hotel es muy triste”, también había dicho. 

    Jamás volví a verla. 

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